He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Jesús ha resucitado y, deseando hablar con los discípulos, los envía a un monte de Galilea y les da sus instrucciones para el futuro. Está rodeado nuevamente de los once, que se postran ante El, plenamente conscientes de que el que ahora está en medio de ellos es el Señor del cielo y de la tierra.

El Padre ha premiado al Hijo dándole “todo poder”, también el de venir a juzgar el mundo al final de los tiempos.
Jesús confía a su vez, a los discípulos la misión de anunciar en su nombre la salvación a todos los pueblos. Esto sucederá a través del bautismo y “enseñando a observar” lo que El ha mandado. El bautismo, de hecho, no basta: debe traducirse en vida.
Pero la grandiosa empresa de llevar la luz a todas las naciones no será obra humana, porque Jesús dice:

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Antes de volver como juez, Jesús continuará estando cerca de sus discípulos, sosteniéndoles. Estará presente entre ellos, no sólo cuando se reúnan en torno a la mesa para celebrar su muerte y resurrección y para nutrirse de la Eucaristía, sino siempre y en todo lugar.
Se inicia, por tanto, para la humanidad una nueva era caracterizada por una presencia: la de Jesús Resucitado. Esta presencia es la realidad que unifica el mundo, que reúne continuamente a “todas las gentes” de todas las épocas, de todas las latitudes y las introduce en el Reino de amor del Padre. Esta presencia constituye la Iglesia en su esencia más profunda.

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

A Jesús se le llama el Emmanuel, que significa: Dios con nosotros. Con su resurrección El está verdaderamente con nosotros, junto a todos nosotros.
Y ya que Jesús está vivo entre nosotros, las palabras que El pronunció hace dos mil años no son sólo un espléndido recuerdo de una personalidad del pasado, sino las que El nos dirige ahora a mí, a ti, a cada uno de nosotros personalmente.
El nos trae consuelo y salvación: continúa sirviéndonos, sobre todo si somos pobres, si estamos solos, en la prueba. El nos ayuda en las caídas y nos alienta en las dificultades.

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

El vive en su Iglesia. ¿Dónde podemos encontrarlo entonces? ¿Dónde podemos llegar mejor a El?
El está a la vuelta de la esquina, está junto a mí, junto a ti.
Se esconde en el pobre, en el despreciado, en el pequeño, en el enfermo, en el que pide consejo, en el que no tiene libertad; en el feo, en el marginado… El lo dijo: “…Tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25, 35)
Está presente cuando rezamos así de unidos y con un solo corazón. Y su presencia hace que lo que pidamos sea eficaz.
Su presencia se manifiesta como asistencia y ayuda a los que lo anuncian al pueblo. Por tanto, también a todos nosotros que estamos llamados a dar testimonio de El.
El está presente en aquellos que han sido elegidos como sus ministros.
Y finalmente tú ya lo sabes: El está ahí, en todos los puntos de la tierra, en la dulcísima Eucaristía.
¿Qué más quieres?
Aprendamos, durante este mes, a descubrirlo allí donde está. Dejemos que nos dirija sus palabras divinas. Dejemos que nos tienda su poderosa mano.

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Salmos de acción de gracias

Den gracias al Señor, porque él es bueno;
    su gran amor perdura para siempre.

Que proclame el pueblo de Israel:
    «Su gran amor perdura para siempre».
Que proclamen los descendientes de Aarón:
    «Su gran amor perdura para siempre».
Que proclamen los que temen al Señor:
    «Su gran amor perdura para siempre».

Desde mi angustia clamé al Señor,
    y él respondió dándome libertad.
El Señor está conmigo, y no tengo miedo;
    ¿qué me puede hacer un simple mortal?
El Señor está conmigo, él es mi ayuda;
    ¡ya veré por los suelos a los que me odian!

Es mejor refugiarse en el Señor
    que confiar en el hombre.
Es mejor refugiarse en el Señor
    que fiarse de los poderosos.

10 Todas las naciones me rodearon,
    pero en el nombre del Señor las aniquilé.
11 Me rodearon por completo,
    pero en el nombre del Señor las aniquilé.
12 Me rodearon como avispas,
    pero se consumieron como zarzas en el fuego.
    ¡En el nombre del Señor las aniquilé!

13 Me empujaron[a] con violencia para que cayera,
    pero el Señor me ayudó.
14 El Señor es mi fuerza y mi canto;
    ¡él es mi salvación!

15 Gritos de júbilo y victoria
    resuenan en las casas de los justos:
«¡La diestra del Señor realiza proezas!
16     ¡La diestra del Señor es exaltada!
    ¡La diestra del Señor realiza proezas!»

17 No he de morir; he de vivir
    para proclamar las maravillas del Señor.
18 El Señor me ha castigado con dureza,
    pero no me ha entregado a la muerte.

19 Ábranme las puertas de la justicia
    para que entre yo a dar gracias al Señor.
20 Son las puertas del Señor,
    por las que entran los justos.
21 ¡Te daré gracias porque me respondiste,
    porque eres mi salvación!

22 La piedra que desecharon los constructores
    ha llegado a ser la piedra angular.
23 Esto ha sido obra del Señor,
    y nos deja maravillados.
24 Este es el día en que el Señor actuó;
    regocijémonos y alegrémonos en él.

25 Señor, ¡danos la salvación!
    Señor, ¡concédenos la victoria!
26 Bendito el que viene en el nombre del Señor.
    Desde la casa del Señor los bendecimos.
27 El Señor es Dios y nos ilumina.
    Únanse a la procesión portando ramas en la mano
    hasta los cuernos del altar.[b]

28 Tú eres mi Dios, por eso te doy gracias;
    tú eres mi Dios, por eso te exalto.

29 Den gracias al Señor, porque él es bueno;
    su gran amor perdura para siempre.

¿Tiene nombre Dios?

¿Tiene nombre Dios?

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La respuesta que da la Biblia

Los seres humanos tienen nombre, ¿no cabría esperar lo mismo en el caso de Dios? El empleo de nombres propios es esencial en las relaciones humanas, y en nuestra relación con Dios también es muy importante.

En la Biblia, Dios dice: “Yo soy Jehová. Ese es mi nombre” (Isaías 42:8). Y aunque recibe muchos títulos, como “Dios Todopoderoso”, “Señor Soberano” y “Creador”, honra a sus siervos invitándolos a llamarlo por su nombre (Génesis 17:1; Hechos 4:24; 1 Pedro 4:19).

En muchas traducciones de la Biblia, el nombre de Dios aparece en Éxodo 6:3. En ese pasaje, Dios declara: “Yo solía aparecerme a Abrahán, Isaac y Jacob como Dios Todopoderoso, pero en cuanto a mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos”.

Por siglos, en español se ha utilizado el nombre Jehová. Aunque algunos eruditos prefieren llamarlo Yavé, la forma Jehová es más conocida. La primera parte de la Biblia se redactó en hebreo, un idioma que se escribe de derecha a izquierda. El nombre divino en hebreo se representa mediante cuatro letras: יהוה. A esas cuatro letras —que corresponden a las consonantes YHWH— se les llama el Tetragrámaton.

Cántico 111: Llamaré y tú me responderás (Cantemos a Jehová)

1. La vida es neblina matinal
que pasa con el viento.
Sombra fugaz, se va dejando atrás
vacío y sufrimiento.
¿Qué esperanza hay si tú mueres hoy?
Oye lo que dice Dios:

(ESTRIBILLO)
Llamaré tu nombre ansioso,
y tú me responderás.
La obra de mis manos
eres tú. ¡Despierta ya!.
Nuestro Dios está anhelante
por volver a contemplar
a sus amados hijos,
quienes ya no morirán.

2. Aun si se van, Jehová no olvidará
a sus amigos nunca.
Pronto vendrá el día en que saldrán
de sus oscuras tumbas;
vida gozarán por la eternidad
como prometió Jehová:

(ESTRIBILLO)
Llamaré tu nombre ansioso,
y tú me responderás.
La obra de mis manos
eres tú. ¡Despierta ya!.
Nuestro Dios está anhelante
por volver a contemplar
a sus amados hijos,
quienes ya no morirán.